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Por: La Cantina Política | Fecha: 4 de enero de 2026 | Tiempo de lectura: 4 min
Sátira e ironía, insidiosas y punzantes como ninguna, son a la postre inmejorables herramientas de desenmascaramiento de la ideología; de desentrañamiento de una historia que, apareciendo como tragedia, sigue el curso de una desconcertante y triste repetición en forma de comedia.

Hoy, sin embargo, tales herramientas se tornan inútiles ante la grotesca realidad de un evento que no admite apelación alguna a la metáfora: el regreso sin miramientos de los EE. UU. a sus prácticas imperialistas de vieja data frente América Latina.
Al momento de escribirse estas líneas, han transcurrido apenas unas horas desde que fuerzas estadounidenses emprendieran una operación en Caracas que derivó en la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro Moros. Los detalles son por lo pronto desconocidos, en tanto que los medios de diferentes partes del globo se limitan a replicar sin más las frases triunfalistas de Donald Trump y la verborrea de los expertos de turno.
Lo más sorprendente, quizás, es el hecho de que se trataba de un evento anunciado, sobre el que se escribió y habló hasta la saciedad durante los últimos meses, pero que por alguna razón consideramos impracticable.
En cierta medida, era razonable pensar de ese modo. A más de 30 años del derrocamiento de Manuel Noriega en Panamá —casualmente, también un 3 de enero—, y con el surgimiento más o menos libre de nuevos gobiernos de izquierda o de enfoque progresista en América Latina en lo corrido del presente siglo, parecía no haber motivos para reavivar los temores sobre una vuelta de tal intervencionismo estadounidense propio de la guerra fría.
“Lo de Venezuela no sólo refleja las falencias del discurso sobre el respeto irrestricto de la soberanía estatal, sino que de manera especial evidencia que el intervencionismo, lejos de desaparecer, se ha mantenido…”
Con todo, el espejismo se deshizo. Lo de Venezuela no sólo refleja las falencias del discurso sobre el respeto irrestricto de la soberanía estatal, sino que de manera especial evidencia que el intervencionismo, lejos de desaparecer, se ha mantenido, con alcance variable y justificaciones descaradas, como instrumento por excelencia de la potencia norteamericana para responder a los dictámenes de su maquinación geopolítica de inconfundible corte imperialista.

En este punto, en el que muchos enfangan la aplicación del Derecho Internacional con hipócritas loas por el restablecimiento de la democracia en Venezuela, y en donde las redes sociales se ven saturadas con cantos de sirena sobre el retorno a una “gloriosa” pax americana, resulta más indispensable que nunca hacer visibles los efectos adversos que pueden seguir a esta clara agresión, más allá de la jactanciosa exhibición de poder de los EE. UU. y la amenaza de guerra que por medio de ella, tanto tácita como directa, lanza al mundo entero, particularmente a sus rivales por la hegemonía ecuménica.
No es claro en qué forma esta intervención contribuirá a solucionar la crisis humanitaria y el narcotráfico, los dos problemas presentados públicamente como motivación para el asedio a la nación venezolana.
En su lugar, cabe prever que tales fenómenos se acrecienten a lo largo de los próximos años, con nuevas diásporas de migrantes venezolanos vagando por el mundo en condiciones paupérrimas, grupos armados ilegales buscando aprovechar los vacíos de poder en las zonas de frontera y, en general, una sociedad inerme frente al control de una potencia con intereses económicos y políticos antes que humanitarios.
La gravedad de esta crisis no sólo concierne a Venezuela, sino al conjunto de América Latina, que no puede darse el lujo de asistir complaciente o inmutable al paroxismo de esta gula expansionista, ni mucho menos simular candidez frente a los potenciales efectos desestabilizadores que su metástasis depara en materia de seguridad, orden público y auto determinación.
La amenaza imperialista a la libertad de nuestros pueblos ha dejado atrás su velo, y ahora parece marchar sin preocupaciones sobre el derecho y la dignidad de propios y ajenos.
Siendo 3 de enero de 2026, la sátira y la ironía deben ceder su lugar a la indignación y, de su mano, envalentonar el análisis crítico y el rechazo público, inconfundible, firme e innegociable al imperialismo en todas sus facetas.
La repetición en territorio venezolano de esta historia de intervencionismo, antes que comedia hiriente, demanda ser comprendida como la tragedia que supera nuestras falsas ilusiones y nos conmina a levantar la voz con plena estridencia antihegemónica.
Hoy, nadie en la Cantina Política sonríe ni hace chistes; en su lugar, expresamos con enojo y seriedad nuestro profundo rechazo a Donald Trump, EE. UU. y su declarada apropiación del continente.